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La isla de los metafóricos dragones


     El mundo hoy es muy distinto a lo que solía ser. Ya no quedan princesas que salvar, ni héroes que entreguen su vida por ellas. Tampoco ya hay fieros dragones a los que enfrentarse. Dragones de los que escupen fuego y destrozan pueblos enteros, porque de los otros sí que quedan. Me refiero a los dragones metafóricos, esos que nos amenazan a cada instante y en cada rincón; esos que no lanzan llamaradas, pero que te queman por dentro. Enfrentarse a estos dragones es mucho más difícil que a esos otros gigantes alados; los dragones metafóricos no se ven, pero sus efectos sí. Son sibilinos y siempre buscan al débil, al malnacido, al estúpido, al tonto útil. Es por ello que no necesitan buscar mucho; siempre tienen un aliado dispuesto a la mano. Es porque no se ven, que lo destruyen todo a su paso.
    Todos en algún momento nos enfrentamos a ellos, y elegimos luchar o ayudarlos en su secreto devenir. Toman forma de gracioso gatito, de perro abandonado, de rechonchos bebés; pero sobre todo de ingeniosas y profundas frases. Se transportan mediante cables o usan ondas para volar por el aire en busca de otro dispuesto idiota. Nadie sabe donde nacen o cómo se reproducen, excepto yo. Los crea alguien que se hace llamar Preto Comandante, en la isla de los metafóricos dragones; y los suelta, los deja libres para que ellos solos, a la velocidad de la luz, crezcan e inunden el mundo a golpe de clic. Utilizan malvadas técnicas para hacerte caer en sus garras: la pena, el miedo, la idiotez. Te chantajean emocionalmente; le das pábulo y oxígeno para que alcance a otro pobre diablo.
    Tú no lo sabes, pero te controlan, controlan tu mente y tu estado de ánimo. Te dicen qué pensar, qué sentir, de quién hay que apiadarse y de quién no. Tú no lo sabes, pero controlan el mundo. El tuyo y el de tu compañero de trabajo, tu vecino, tu hijo, el del presidente de tu banco, de tu país, del planeta. He intentado gritarlo a los cuatro vientos, pero nadie me cree. Estoy solo en esto, sin aliados, frente a un ejército de metafóricos dragones y su terrible comandante.
    Lo sé porque yo, sin saberlo, los alimentaba, los ayudaba a continuar su camino y a hacerse más fuerte. De hecho, es mi profesión. Me dedico a escribir frases filosóficas en sobres de azúcar para las cafeterías. Sí, haz memoria, seguro que alguna apacible mañana, cuando te disponías a verter el azúcar en tu café, reparaste en la ingeniosa frase impresa en el sobre. La mayoría son de antiguos filósofos o de los nuevos, también llamados famosos o celebrities. Pero secretamente, de vez en cuando, dejo caer alguna frase de mi propia cosecha, camuflada con la firma de un personaje también inventado, como Homero de Antioquia o Herodoto de Mileto.
    Tardé en darme cuenta de todo el daño que había hecho, pero una vez fui consciente, estuve resuelto a mitigar el dolor que había causado. Estaba dispuesto a encontrar la mismísima raíz de este mal. Investigué día y noche, leí antiguos libros, desentrañé Internet con la ayuda de Google en busca del principio de todo, pero el mal sabe ocultarse. Entonces vi claro. Sólo alguien que pertenece al mal puede hallar su principio; por suerte o por desgracia, yo ya formaba parte de él. Sólo tuve que escribir la frase más ingeniosa de la que era capaz, la más profunda de todas las frases y firmarla con mi propio nombre, inmortalizándola en un sobrecito de azúcar. No trascribiré aquí la frase, pues es de las más peligrosas que jamás se han urdido.
    No tardó en llegar un email felicitándome por mi terrible frase. En ella se alababa mi gran pericia y afilado instinto para el mal. El texto venía firmado por un tal Preto Comandante. Por fin había dado con él. Le respondí pidiendo audiencia, con la excusa de que atravesaba una racha de sequía creativa y necesitaba consejo del mayor de los maestros. A la mañana siguiente de enviar el mail, un repartidor de MRW me trajo un sobre que contenía un billete de avión con destino a La Isla de los Metafóricos Dragones, además de una nota en la que se me solicitaba una muestra de mi trabajo.
    Aquella noche cogí mi maleta, apenas usada, ya que no soy lo que se dice un gran viajero, y la llené hasta arriba de sobrecitos de azúcar. Tenía miedo, pero estaba dispuesto a enfrentarme a ese Preto Comandante, más aún después de haber acuñado la frase que me había llevado hasta él; a saber cuánto daño había causado ya. El viaje fue rápido y tranquilo, sin nada reseñable, excepto que yo era el único pasajero del avión. Cuando aterrizó el aparato, una amable mujer, de belleza exótica y de edad imprecisa me acompañó en coche hasta el castillo del comandante, que apenas me hizo esperar.
    Al principio no lo reconocí porque nos separaba una gran escalinata que lo situaba en alto, sentado sobre un trono dorado. Él, todo vestido de negro me miró desde las alturas y me saludó con un rápido movimiento de cabeza. Súbitamente, el acomodo de mis ojos a la oscuridad de la sala me hicieron reconocerlo de inmediato. El comandante no era otro que Paulo Coelho y me maldije a mí mismo por no haberlo imaginado antes. Un pequeño asistente, era pequeño porque era un enano, cogió con dificultad mi maleta y se la acercó torpemente, tropezando en más de una ocasión mientras subía la escalinata. El comandante Coelho abrió la maleta y repasó algunos de los sobrecillos de azúcar. Sonrío e hizo un gesto de asentimiento, tras lo cual se retiró dejándome allí sin haber mediado palabra alguna.
    La misma mujer que me había llevado ante el comandante me acompañó hasta una pequeña sala en la que Coelho me concedía el raro honor de cenar con él. Me senté, pues aún él no había llegado, y me preparé para la que sería la más terribles de las batallas. Estaba dispuesto a acabar con el comandante y sus fieros dragones metafóricos de una vez y para siempre. Cuando entró en la sala, pareciera que lo llenara todo con un intenso magnetismo que me hizo dudar de mis propias fuerzas. Me miró a los ojos mientras tomaba asiento y supe, sin lugar a dudas, que conocía mis intenciones. Perdido el efecto sorpresa, la batalla que estaba a punto de empezar, sería cuerpo a cuerpo y se adivinaba cruenta y sin piedad. 
    Sin esperar el prudente lapso de tiempo en el que dos enemigos se estudian antes del fiero enfrentamiento lanzó su primer golpe:
–Sólo una cosa vuelve un sueño imposible: el miedo a fracasar.
A lo que respondí:
–El miedo es natural en el prudente y el saberlo vencer es ser valiente.
–El miedo siempre está dispuesto a ver las cosas peor de lo que son –dijo afilando su sonrisa.
–Siempre se ha de conservar el temor, más jamás se debe mostrar –dije.
 –El que ha naufragado tiembla incluso ante las olas tranquilas.
–Teme al hombre de un sólo libro –dije tratando de atacar sus bajos instintos.
–De lo que tengo miedo es de tu miedo.
    La última frase resonó en mis entrañas desgarrándome por dentro. Era un rival fabuloso. Me había derrotado y la batalla se había perdido. Terminamos la cena en silencio; ni una sola palabra volvió a sonar en aquella sala. Cuando terminé mi comida, la mujer exótica me acompañó de nuevo al avión que habría de devolverme a mi realidad de azucarillos filosóficos. A pesar de la adversidad sufrida esa noche me propuse dedicar mi vida a enfrentar al terrible comandante Coelho, aunque me costara la propia cordura.
    Incluso en mis momentos más optimistas me reconozco como un enclenque David contra un sobrehumano Goliat, pero quizá algún día, uno de esos escritores que empiezan sus capítulos con frases gloriosas, se unirá a mi causa. O puede que un poeta, inspirado por mis sobrecillos de azúcar, comience a glosar en favor de mi disputa y, entonces, juntos, lucharemos contra ese terrible ejercito de metafóricos dragones comandado por Coelho.
(C) 2018 Alberto García

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