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De escritores suicidas y otras vidas a medias

Mucho se ha escrito sobre las atormentadas almas de los escritores. Almas en pena cuyo castigo es desnudarse, metafóricamente, ante sus lectores. Algo de ello debe de haber cuando el índice de suicidios entre artistas, y por ende, entre escritores, es significativamente alto. La lista es amplia: Salgari, Larra, Mishima, Zweig, Plath, Kennedy Toole, Foster Wallace, Virginia Woolf, etc.

Foster Wallace

A la vista de la cantidad de escritores que deciden acabar con su vida prematuramente, parece que escribir es una actividad de riesgo. Es cierto que el cursor parpadeando en la pantalla, que parece esperar a que llegue la inspiración, puede llegar a ser desesperante, pero no creo que sea para tanto. Así que cabe preguntarse si la imperiosa necesidad de escribir es la causa o el síntoma.
El psiquiatra José Antonio Pérez Rojo, autor del libro Los escritores suicidas, nos da alguna pista: "Los hombres crean porque se saben incompletos, inventan para llenar esa carencia. Los más radicales, los que se atreven a meter el pie en la hoguera y removerlo, tienen un riesgo mayor". Escribir no sólo es contar una historia, es convertirte en sus personajes, sentir lo que ellos sienten. Nos dice José Antonio Pérez: "El viaje de la creatividad es azaroso. Se necesita una estructura interior fuerte para que el viaje pueda ser de ida y vuelta, no sólo de ida".
Puede que el escritor, de alguna manera, llegue a ver un poco más lejos al vivir muchas vidas, y reconozca el absurdo al que se refería Camus en su ensayo El mito de Sísifo. Aquí Camus, partiendo del mito griego, reflexiona sobre el absurdo y la inutilidad de la vida. Tan absurda como la continua e infructuosa tarea que Zeus encomendó a Sísifo.
La depresión parece ser la causa de final, pero no pocas veces la causa de esa depresión es la propia imposibilidad de escribir. Para Valerie Hemingway, una de las causas de la depresión que llevó a Ernest Hemingway a sentarse y a apoyar la cabeza contra los dos cañones de su escopeta, antes de apretar el gatillo, fue la propia imposibilidad de escribir por sus problemas de salud. Nadie hubiera imaginado unos años antes que el escritor de Fiesta fuera de esos hombres que acaban suicidándose.
Hay que cuidarse también de los propios fantasmas, esos que cualquier escritor que se precie conoce bien. Para Foster Wallace, uno de esos fantasmas era la obsesión de no llegar a ser lo suficientemente bueno escribiendo. Sí, ese genio, escritor brillante al que ya nos gustaría parecernos mínimamente, pensaba que no era lo suficientemente bueno. También es cierto que ya arrastraba problemas y que tomaba medicación para la depresión, lo que a la postre acabaría dificultándole escribir. Aún recuerdo aquel 12 de septiembre de 2008 en el que Wallace decidió atarse una soga al cuello para abandonar definitivamente su escritura y su vida.
Virginia Woolf también tuvo que luchar contra la depresión durante 25 años, pero acabó recuperándose. En su caso, el miedo a una recaída que volviera a arrastrarla hasta los infiernos de la depresión hizo que un viernes de marzo de 1941 decidiera poner fin a su vida. Dejó escrito: "Estoy convencida de que me estoy volviendo loca de nuevo. Siento que no podemos volver a pasar por terribles momentos como aquellos. Y no me recuperaré esta vez".
No está tan claro qué llevó a Kennedy Toole a conectar una manguera al tubo de escape de su coche e introducirla por la ventanilla. Dejó una nota de suicidio, pero fue destruida por su propia madre. Fuera cuál fuese el motivo, es difícil imaginar que el autor de La conjura de los necios, una novela fundamentalmente de humor (con trasfondo de crítica social), pudiera acabar de aquella manera. Una de las hipótesis apunta a la imposibilidad de publicar su novela, que sistemáticamente era rechazada por las editoriales. Finalmente fue publicada después de su muerte gracias a la insistencia de su madre.
Si eres escritor no empieces ya a buscar la manera más espectacular de entrar en esta lista de autores malogrados. Dicen las malas lenguas que hay escritores felices e incluso optimistas. Valga de ejemplo Alejandro Dumas y su frase "La vida es fascinante: sólo hay que mirarla a través de las gafas correctas".

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